La utilidad de los Campeonatos con reglas FABE

Cuando vemos un Campeonato de FABE nos vienen a la mente etapas pasadas, donde la pulcritud y la limpieza en el desarrollo del trabajo eran ineludibles, complemento perfecto de unos cócteles clásicos cuyos procesos de elaboración se seguían al pie de la letra, respetando unos caminos tan inescrutables como directos para crear una experiencia satisfactoria para el cliente.

Pero los tiempos cambian. Al igual que las experiencias actuales: Tan visuales. Tan sensoriales. Tan únicas. Pero… ¿tan completas?

El inmenso cosmos del bartending se mueve a pasos agigantados. Evoluciona cada año más y más. Incluso cada mes. En esta selva salvaje que es la gastronomía en España -ya es suficiente, la coctelería es también gastronomía, le pese a quien le pese- existen para mí dos tipos de personas: los que se quieren comer el mundo revolucionando la cultura del bar y los que, como yo, tan sólo se quieren comer (más bien beber) las creaciones de estos monstruos ávidos de éxito.

Para la gente como el que suscribe, los que nos sentimos como un niño de cinco añitos
rompiendo impaciente el papel con el que nuestra madre nos envolvió cuidadosamente el regalo de navidad cuando cruzamos las puertas de una coctelería top (top… palabra más adulterada que un mai tai de chiringuito de playa) la experiencia de visitar uno de estos locales (por supuesto, vamos a hablar de un establecimiento en concreto) comienza incluso antes, vagando entre las laberínticas calles medievales del barrio de una ciudad de cuyo nombre no quiero acordarme, como diría el alcalaíno más famoso de la historia… porque si, esta historia en particular empieza por unas preciosas calles adoquinadas e iluminadas con la tenue luz de unas farolas de forja negras, tan negras como las almas de algunos de los turistas que las habitan y maltratan, presos de su éxtasis etílico.

Tras deambular durante los casi veinte minutos que separan cierta playa cercana y este precioso y faldicorto barrio (precioso sólo de día) encuentro, al fin, mi destino enmarcado en una esquina. “Hola, buenas noches”- saludo, impaciente por pasar… pero la respuesta no es la que yo esperaba: “lo siento, el bar está lleno, tendrá que esperar” – me contesta educadamente un joven con piel de ébano y acento de tierras lejanas-. Pero tener que esperar en la calle no va arruinar mi experiencia. Porque esta respuesta no hace sino que mis expectativas hacia el local se multipliquen por mil, mientras diviso por los ventanales la magnificiencia de un entorno que desde el minuto uno me enamora, que me envía a épocas pretéritas que ya sólo se pueden visitar en sueños.

Dos personas salen. Dos personas entramos. Habrá quien piense que esta gestión del aforo es arrogante, pero nada más lejos de la realidad, es incluso necesaria debido a la exigüidad del espacio y sobre todo para disfrutar de la decoración. Ayy, la decoración: tonos ámbar, matraces y alambiques cristalinos borboteando… fantasía líbida de cualquier aspirante a alquimista, pesadilla de la señora de la limpieza. Me acomodo junto a una ventana. Pero no me interesa lo que pasa fuera, estoy absorto contemplando cómo los dos profesionales tras la barra realizan sus mezclas con una destreza hipnotizante hasta que un hedor desagradable invade mi pituitaria. Pero una bayeta sucia no va a arruinar mi experiencia.

Llega la carta, junto con un vaso de agua servido desde una preciosa especie de vasija. Lo quiero probar todo: pido los cócteles por pares. Los dos primeros: magnánimos. Sin ni siquiera tomar un sorbo más e impaciente por saborear la interpretación de mi cóctel favorito ordeno una versión del Negroni. Antes de observar la espléndida técnica de escanciado para enfriar el líquido me llevo una pequeña decepción al ver que el cóctel ya está pre-elaborado. Una gota cae sobre la barra como si de una lágrima del Conde Negroni se tratase. Cruel ironía. Pero un derrame y un premix no van a arruinar mi experiencia.

No llego ni a tener el vaso medio vacío cuando solicito otros dos brebajes más. Veo como el barman prepara el cóctel casi como si de una pócima se tratase, sabiendo que un mililitro de más puede llegar a estropear todo el trabajo. Con lo que no contaba el habilidoso cocktelero era con la llegada de un enfurecido proveedor de hielo enojado quizás por tener que hacer su trabajo a unas horas intempestivas. Pero una discusión no va a arruinar mi experiencia… ¿o sí?

Porque, en definitiva, la experiencia completa me la dará(al menos a mí) un local que sea notable en todos sus apartados, no sobresaliente en muchos pero insuficiente en uno, ya que nunca podrá satisfacerme plenamente… o quizás te deberías de pasar por alguno de esos “anticuados”(sic) Campeonatos de FABE, o por las excelentes formaciones que ofrecen sus Asociaciones adheridas. Seguro que algo aprenderías.

 


Sobre mí:Santiago Escribano_LXIII Campeonato de España de cocteleria_digestivo

Me llamo Santiago Escribano, soy gerente de un pequeño local y apasionado de la coctelería, donde he ganado algunas competiciones a nivel nacional. También me encanta el mundo del café y he sido profesor de destilados…. Ah, y tengo un cable pelao.

AB  Castilla la Mancha

Comparte este artículo